Crónica de una Muerte Anunciada.

 

Nací  a mediados de los años noventa, en la decada que vería la globalización de Internet, la caida de la USSR y la finalización de un milenio.

En nuestra casa había palabras comunes, una de ellas era Gabo. La afición de mi padre por los gallos –por los kikos, los pequeños, no los que pelean sino los que cantan más- estuvo presente conmigo durante años, todos los días al volver del “jardín“ iba a recojer los huevos que las esposas de nuestro gallo habian puesto en la mañana. Mi infancia ocurrio en un pueblo, rodeado de animales de campo, campesinos, bicicletas y libros…había libros.

La mayoría de los libros de Gabo eran de la editorial Oveja Negra, no existía aún en mi mundo palabras como Pinguin o Random House, Oveja Negra nos divertía pues teníamos una oveja pero era blanca, aún queremos una oveja negra.

Cuando tenía catorce años en un viaje a Cartagena caminé con un mapa en la mano por toda la ciudad buscando la casa de Gabo, quería conocer al hombre detras de esas cuatro letras. Me perdí pues Cartagena es un laberinto caluroso que se aprende a amar y a conocer. Iba perdido hasta que encontré la plaza de San Diego y ya estaba cerca pero no lo sabía. Al fin algún local me señalo la casa esquinera de color guayaba. Había escuchado que la casa había sido construida por Salmona, lo que me habia hecho pensar en lo raro que un escritor tuviera tanto dinero para poder pagar a Salmona la construcción de su casa –tenía catorce años-.

Me acerque al final de la casa color guayaba, la rodie, dí unos pasos y pense veinte veces que iba a decir al citofono, se me paso por la cabeza que tal vez la esposa contestaba o que alguien iba a negarlo, al fín y al cabo no nos habían presentado. Entonces con el corazón en un puño timbre…me contesto la voz de una negra costeña, amable pero tajante; me pregunto que que quería, le dije que quería hablar con Gabo, me pregunto que quien era yo, le respondí que un amigo de toda la vida. Me dijo que él nunca venia a esa casa, que pocas veces al año, que vivía en México, al principio pensé que sí estaba y era una mentira para despistar a los curiosos pero luego me di cuenta que era verdad, Gabo no estaba en casa. Así fué como me entere que él no vivia en Colombia y así me entere que estaba lejos y que el hombre detras del nombre que había sido tan familiar en mi infancia estaba a muchos kilometros, a una distancia larga…que nos separaba mitad de América y casí setenta años de diferencia, nos separaba una vida.

Unos años después de esa visita, visité en Bogotá a William Ospina y entre las cosas cosas que le quise preguntar una fue Gabo, pues sabía que tenian una relación de amistad y siempre he sabido que hay un hilo dorado entre ellos dos, William me dijo con la mayor seriedad y tristeza que había hablado con él pero que ya no era el mismo, que las ideas ya no eran tan lúcidas, yo seguia sus ojos tratando de ver la sombra de los de Gabo, le respondí que tal vez era el Otoño del Patriarca, William asintió en silencio, después de abrazarnos y despedirnos sentí que el papel de mi generación en la historia era tardío y de ocaso. Nosotros eramos la generación condenada al facebook y a los selfies, nosotros no ibamos a hacer grandes cosas, nosotros ibamos a ver como se acababa la historia, eramos el triste resultado de una batalla perdida hacía muchos años cuando las cosas no tenían nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo.

Leí de nuevo a Gabo en Caracas en el año 2010, vivía en una casa grande en el pueblo de El Hatillo, aún el comandante estaba vivo, Gabo había vivido en Caracas, había escrito en Caracas, había ganado el Romulo Gallegos y había comprendido la importancia de ese país en la historia latinoamericana. Caracas era una locura en esa época, vi cosas y vivi cosas que dificilmente se repetiran en mi vida. Trabajé con Abreu y leí a Juan de Castellanos bajo los arboles inmensos de la Universidad Central, salí con la nieta del presidente Raul Leoní y conocí la obra del gran amigo y colega de Gabo, Uslar Pietri, a quien he admirado muchisimo, también conocí a un hombre que había acompañado a Gabo cuando gano el Romulo, él lo había guiado por la ciudad y habían tenido tiempo para discutir todo.

Otros años pasaron y otros viajes y otras mujeres y otros pesonajes…volví a Colombia, en verdad volví a mi busqueda del hombre.  Esta vez lo encontraría, en una carroza en Cartagena, estaba sentado, era febrero y ocurria el Hay Festival, vestía de blanco y parecía satisfecho. Ya yo lo miraba con los ojos de un adolescente distinto, insatisfecho e inteligente, yo era un poco retador, desde esa época tengo la convicción de llamar a cualquiera solo por el nombre y si él daba la oportunidad lo saludaría. Dió la oportunidad pero no lo hice, al ver como todos se cernian sobre él, lo adulaban y manoseaban…me dì cuenta que iba a ser un milagro si tenía la oportunidad de hablar con él tranquilamente por veinte minutos y no estaba dispuesto a ser un oportunista más. Mejor una distancia digna que una cercanía falsa.

Hace muchos años, dos tíos mios fuerón a la entrega del premio Nobel para Gabo, años después uno de ellos fué asesinado, el otro vive en Estados Unidos. El amor por la obra de Gabo y por él mismo fueron una tradición y hacen parte de mi vida.

Las últimas noticias que tuve fueron en una conversación con John Lee Anderson en que por poco lloraba, eso fué hace un mes. Las otras noticias fueron la semana pasada antes de que que Jaime Abello viajara a Mexico para frentiar esta situación. Hablamos unas buenas horas y terminamos bailando salsa con Willie Colon hasta las dos de la mañana, sin embargo Jaime estaba triste. Al otro día me llamo y le dije que por favor le diera a Gabo un abrazo de mi parte, yo no era nadie, ni siquiera una sombra, un nombre. Sin embargo quería enviarle un abrazo y Jaime era el único que se lo podia llevar. Nunca sabré si se lo dió-supongo que no hubo tiempo para pendejadas- siete días después Gabo murió.

 

PS: De aquí a cien años cuando ninguno de nosotros este vivo, las cosas habran cambiado mucho. Lo que llamamos Colombia será una cosa del pasado y todo nuestro presente será poco menos que prehistoria. De aquí a cien años nadie sabrá que significó Gabo para todos nosotros, las calles de Cartagena serán patrimonio de otras gentes y otras costumbres, la cienaga sera lugar de complejos monstruosos y realidades ajenas a nuestra historia. Así como el Magdalena ya no es el río que Gabo a los veinte años conoció, donde micos y caimanes adornaban su cauce, de aquí a cien años casí todo habra cambiado y ninguno de nosotros estará para presenciarlo.

Son las dos de la mañana y mi gallo canta en Bogotá…Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porqué en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe.

Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues ya estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.»

 

Diego Aretz

Director Interference Channel

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