El problema de lo común y el lenguaje.

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El concepto de lo común hace referencia, por lo general, a un aspecto que tiene como objetivo unir, entrelazar, encontrar un punto de conjunción. Sin embargo, esta comprensión de lo común, que aparentemente hace alusión a algo positivo en un principio, guarda también ciertos peligros. Por ejemplo, en la relación entre dos personas puede convertirse en un motivo para no conocerse sino perderse en la igualdad con el otro.

Detrás de esta ocurrencia está escondida una intención un poco perversa. Lo común, bajo esta mirada es como un costal. ¿Qué significa esto? que todos deben acoplarse a la forma de este costal y deben convertirse en una masa conjunta. Este peligro acecha la época actual, denominada por algunos como posmodernidad. Este suceso se puede llamar también la homogeneización de los diferentes caracteres y personalidades, y consiste en usar una misma vara para medir a todos, es usar una medida común para calificar lo que tiene una naturaleza heterogénea. En otras palabras, este tiempo se traduce como el tiempo de las estandarizaciones y la matematización de lo que se puede concebir como divergente en un principio.

Digo matematización porque la identidad queda reducida a un criterio o categoría específica. De aquí viene la necesidad actual de querer clasificar los diferentes tipos de personas. De aquí nacen estos términos o nominaciones que se les atribuyen a las personas, como hippie, hypster, snob, preppy, solo para dar unos ejemplos. Entonces no es cada uno el que escoge su identidad, sino que ésta se convierte, bajo los lineamientos del costal, del que ya hablamos anteriormente, en una mercancía. Es así como todos terminamos comprando nuestros propios yoes a una nube invisible que está abstraída del mundo concreto, que es el mundo del cambio y el desorden. Es así como la época de la posmodernidad va cayendo sigilosamente en un aplanamiento de las diferentes personalidades.

El problema de este costal en el que estamos metidos es que lo que no se puede clasificar, enmarcar, enumerar, en relación a lo humano, queda relegado al lado de lo oscuro, al lado de lo que no se puede nombrar ni conceptualizar. Aquí aparece un miedo. Éste se debe, a su vez, a la necesidad que acapara a la época actual, de querer entender todo bajo el dominio de la palabra, del discurso, de los dogmas, en general, del lenguaje verbal. Este es uno de los problemas que ha conllevado el dominio del lenguaje en relación a la forma de relacionarse con el mundo. El lenguaje verbal ha abarcado demasiado espacio en la mente humana, o, mejor aún, el mal uso y comprensión de la utilidad del lenguaje verbal. Ya que no todo lo que se conoce debe ser verbalizado, o, más precisamente, no tiene por qué ser conceptualizado. El lenguaje tiene dos usos, uno es abstracto, es decir, está enfocado a la creación de conceptos, de categorías, de clasificaciones, y el otro uso es vivo, es decir, la descripción del momento o del objeto tal como se presenta en la situación particular y concreta, sin necesidad de objetivar su realidad.

El lenguaje se ha convertido, a la hora de comprender al otro, en una dinámica matemática, pero ahora trasladada al ámbito de las relaciones. El lenguaje verbal ha caído, luego de la pretensión posmoderna de medir a todos con la misma vara, en una especie de aplicación matemática. ¿A qué me refiero con esto? Me refiero al hecho de que usamos palabras para designar y calificar comportamientos, para especificar su clase, dentro de unos parámetros que engloban cierto tipo inclinaciones y gustos.

El lenguaje verbal, lejos del cientificismo, es decir, el lenguaje de las palabras, era uno de los últimos espacios en los que era posible aun depositar la fe en relación a algún tipo de libertad. Sin embargo, éste cayó en una trampa y se convirtió en una fórmula matemática. Es así como el lenguaje ha sido limitado y su capacidad creativa se ha ido volviendo cada vez más estrecha ya que ha caído en la matematización. Esto implica que el lenguaje ha caído sin querer, en un deseo de objetivación, es decir, de encontrar lo común dentro de lo que es diferente. Cuando, por encima de todo, el lenguaje verbal tiene la capacidad, y no sólo esto, sino que también lo que lo distingue, es la capacidad de describir lo particular, lo que es diferenciado, describiendo sus detalles concretos, sin tener que aludir a algún concepto, es decir, no tiene que aludir a algún tipo de nube virtual que haga comprender quien es cada quien. Es verdad que el lenguaje puede crear conceptos, pero a diferencia del lenguaje matemático, puede evitar el proceso de abstracción y también centrarse en la descripción de lo particular y lo contingente sin pretensiones conceptuales.

Entonces lo común, en relación a la definición de lo que son las personas, se ha convertido en una nube virtual que no está en ningún lado, pero a la cual se alude para descifrar los alguienes de los demás. Cada uno de los yoes que conforma a la sociedad, está cayendo en los lineamientos de lo cuantificable y medible. Bajo estos puntos de vista, lo común es algo peligroso, ya que excluye lo concreto; lo que se presenta de modo particular y diferenciado todo el tiempo, que es en realidad, la realidad con la cual estamos en contacto. Mejor aún, lo común, bajo esta perspectiva que se viene desarrollando, implica una especie de ilusión, rechaza el hecho del cambio y el desorden en general.

Por otro lado, una mejor propuesta en relación a la comprensión de lo común o de la comunidad, sería aquella en la que cabría la posibilidad de comprender el concepto de comunidad, o de lo común, a partir de las diferencias que conforman a cada uno dentro de una sociedad dada, para que a partir de estas diferencias se cree una unidad a partir de lo diferente que se comparte. En este último caso, lo común tendría sus raíces en el acto de compartir, más no en las similitudes que guardan una serie de individuos. Es así como se pueden distinguir dos clases de comunidades, aquellas en las que lo común está fundado en mi igualdad frente al otro, y la otra, en la que lo que me genera comunidad con el otro, es el deseo del truque espiritual, o, en otras palabras, el compartir.

En relación al primer caso, la individualidad queda anulada, en el segundo caso, dentro de las diferencias y su reconocimiento a la luz, se hace obligatorio el aporte al otro, doy lo que el otro no tiene y me dan lo que yo no tengo a partir del acto de compartir. El reconocimiento del otro sólo puede darse dentro del reconocimiento de mi diferencia con él. En el primer caso, que en primera instancia podría parecer el menos egoísta, es decir, el comportamiento en el que todos somos iguales y de hecho por eso tenemos los mismos derechos, es, sin embargo, el que recae en el individualismo. Esto se debe a que si todos son iguales a mí, y están medidos bajo los mismos criterios, no hay ninguno de ellos que pueda aportarme algo o yo aportarles algo a ellos. En realidad es una comunidad egoísta.

Es así como dentro de la igualdad se anula el reconocimiento de cada individuo, ya que se pone una venda en los ojos de cada uno. Es así como no es posible ver al otro. Bajo los criterios de la homogeneización de los comportamientos dentro de la sociedad, cada uno tiene una venda que prohíbe la visión de los demás, ya que afuera de cada yo, no hay un otro. Y sólo es posible el diálogo, el hecho de encontrarse, a partir de una diferencia.

La soledad no es entonces, el resultado del resalto de las diferencias, sino el producto de una sociedad homogénea. En ésta no hay nada que me encuentre con el otro porque “todos tenemos lo mismo”. Bajo este dominio de lo homogéneo, no puede haber diálogo, ya que nunca se presenta un interlocutor. Éste último no es un eco de mi propio yo, sino un colaborador, un complemento, pero al mismo tiempo un refutador. Si todos tienen lo mismo, cada uno es una burbuja encerrada en sí misma, y así no puede haber curiosidad hacia el mundo externo, ya que todo lo que encontramos en él, resulta ya conocido y se anula la capacidad de sorprenderse.

Es así como las relaciones interpersonales recaen en un proceso de codificación, se vuelven predecibles y matemáticamente cuantificables, no hay nada en el mundo de afuera que pueda sorprendernos. Si dos o más personas se conocen, más vale que se vean como diferentes que como comunes.♦

Ana Marcela Osorio, estudiante de filosofía, está vinculada a interference desde 2015.

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