UNA TARDE EN EL CEMENTERIO




Arqueólogo circunstancial de sucesos harto frecuentados por el ejercicio de la remembranza, recuerdo que de niño solía imaginar mi vida como si fuera una especie de sueño recurrente, de reiteración onírica en la cual yo soñaba no soñar y que noche a noche, como en una fiebre que tuviera la misma estructura de las muñecas rusas, me obligaba al delirio de creer que en realidad estaba despertándome a un sueño anterior, y no a la auténtica realidad. Anécdotas que mal o bien pudieron haber contribuido a inflamar todavía más esa obsesión mía por la ilusoria realidad del mundo, nunca me faltaron a la hora de trasegar por ese universo cotidiano que toda
vigilia suele comportar: padeciendo desde muy niño esa forma del laberinto circular que fueron (y que siguen siendo) muchas de mis pesadillas, desde siempre me sentí abrumado por la perplejidad que me causaba esa inmanente vocación, poco trivial, para el horror y los tormentos que el cosmos suele manifestar a manera de día a día en el entorpecido mundo del hombre.

Fue así como a mis cuatro años de edad, sin haberlo imaginado siquiera, tuve mi primer encuentro cercano con la muerte: no juzgo una equivocación si retrocedo hasta el año de 1982, cuando, siendo todavía un párvulo, me fue otorgado el don de experimentar por primera vez esa
incertidumbre, esa dolencia metafísica que siempre ha girado alrededor del tema de la muerte y que, de mano de un suceso que todavía hoy considero casi predestinado, se encargó de rubricar mi infancia con la cicatriz de cierto evento que jamás me será dado poder olvidar.

Lo primero que acude a mi memoria cada vez que vienen a mí los pormenores de esa cicatriz, es cierta imagen nebulosa de mí mismo, paseándome con serenidad por los espacios que componían el laberinto del cementerio rural de Mosquera, el municipio de la sabana donde pasé
la parte más feliz de mi infancia. Si no soy traicionado por la vaporosa metafísica de mi memoria, creo poder evocar ese episodio así: caminaba extraviado entre las bifurcaciones de ese cementerio mientras buscaba, junto a uno de mis tíos, la losa sepulcral bajo la cual habían sido sepultados los despojos mortales de mis bisabuelos; no lejos de cierta fascinación, descubrí que ese laberinto había sido proyectado de tal manera, que sus innumerables galerías habían sido levantadas alrededor de la capilla, como si ésta hubiera sido el ojo de la tormenta, el origen que muchas veces importa la vorágine, o el vértigo, del mero acto de vivir creyendo que uno nunca va a morirse: casi como si esas extrañas formas de la bifurcación hubieran sido imaginadas para acopiar en ellas todo el pasado olvidado entre las tumbas, numerosos eran los hipogeos que las recorrían y cuya elegancia había sido decorada con gallardos racimos de claveles, rosas y magnolias, alzándose junto a otros mausoleos que en cambio parecían haber sido abandonados desde hacía muchos años bajo la inconclusa intemperie de la eternidad. Recorrí uno a uno los espacios del lugar, mientras jugaba con mi tío a que buscábamos tesoros ocultos en ese misterioso laberinto que parecía haber sido fabricado para entretener con sus galerías el bostezo inalterable de los ángeles: recuerdo haber caminado repetidas veces por entre los pasajes de piedra, y cuyas aristas, las mismas de cualquier ciudad levantada por las manos del hombre, conducían casi circularmente al sendero principal que se dirigía hasta la capilla. Y aunque no podría decirse que el silencio fuera absoluto, en ese entonces me pareció que las mudas galerías habían existido desde mucho antes de que las músicas del Verbo se hubieran transfigurado en luz; desde luego, la luz oblicua de la tarde iluminaba con plenitud ese ínfimo recinto, acaso imaginado para el mejor cautiverio de las sombras.

Me impresionaba sobre todo el agraciado decorado de las tumbas: sobre todo porque no alcanzaba a entender muy bien cómo era posible decorar con tanta pompa y tanta vanidad el sepulcro de unas gentes que, tal vez, en su vida jamás hubieran merecido la fundación de un monumento; para ese momento, no obstante, se me había instruido bastante bien en la idea, equívoca y nebulosa, de que sólo los grandes héroes de la patria podían ser eternizados por la gracia perpetua de una estatua votiva o una bóveda recordatoria. En cierto momento de mi deambular por entre los mausoleos, me fue dado el poder recordar que no eran pocas las iglesias de la sabana donde se ostentaban esculturas votivas bastante más elaboradas, y quizá
más pertinentes, sobre la persona del Mesías. Sin embargo, me llenaban de temor esas esculturas: no soportaba la idea de que el hijo de Dios hubiera sido retratado casi siempre en lo más intolerable de sus sufrimientos; me pregunté: ¿bajo qué forma de la gracia es como a los militares, y a no pocos “conquistadores”, se les han dedicado heroicas efigies de bronce con las
cuales han buscado siempre hacerlos parecer como grandes hombres, mientras que al hijo de Dios, considerados por muchos como el único salvador, le dedican imágenes que lo hace parecer un criminal padeciendo lo más agónico de sus tormentos? Traté de serenarme caminando silenciosamente entre las tumbas, precisamente sin poder olvidar las imágenes del Cristo que ya había visto en otras ocasiones y que retrataban su muerte atroz a manos de un imperio decadente; no obstante, cierto suceso me arrojó fuera de esos pensamientos: cuando el sol vespertino comenzó a pegar con mayor fuerza todavía, mi tío me tomó de la mano y me dijo que había acabado de hacer un descubrimiento; al parecer, la morgue del cementerio estaba abierta: podríamos fisgonear un rato por allí, acaso como para entretenernos un poco antes de visitar las tumbas que andábamos buscando.

Salimos del laberinto de sepulturas, mientras un séquito de ancianos, impecablemente vestidos de negro, iban y venían por entre las galerías portando claveles en sus manos. De golpe noté que por el sendero principal que conducía a la capilla, caminaba con cierta soltura el gato atigrado del sepulturero: éste hombre, vestido con su overol de color azul ya muy desteñido, se ocupaba de abrir un hueco profundo en medio de dos tumbas; el calor de la tarde y lo forzado del trabajo lo hacían sudar con profusión, pero el sujeto parecía no estar sintiendo siquiera la más mínima fatiga. Entonces uno de los ancianos le preguntó algo que no pude escuchar;
enseguida el sepulturero le señaló con la mano el camino que conducía hasta la morgue.

Mi tío y yo los seguimos en silencio, buscando contemplar nosotros también esos espacios: a pocos metros del lugar, me sorprendió un nauseabundo hedor a sangre seca. Después nos paramos frente al umbral de la morgue, y entonces pude contemplar una de las imágenes más antiguas de mi infancia, y que me hubo de enfrentar por primera vez con los sucesivos horrores de la muerte: el lugar estaba embaldosado con azulejos blancos que, no obstante, estaban por completo manchados de sangre; en el centro de la habitación se alzaba una especie de mesón igualmente embaldosado y que parecía hacer las veces de camastro para las disecciones; sobrará mencionar que estaba completamente atravesado por innumerables chorreones de sangre seca. Tuve que hacer un enorme esfuerzo para no vomitar en ese turbio rincón del universo. Enseguida mi tío me comunicó algo que entonces me abrumó con mayor consternación todavía: según le había comentado el sepulturero, esa misma mañana le habían oficiado una necropsia a uno de los jueces del pueblo que, al parecer, había sido ajusticiado durante la noche por no sé qué venganza de orden familiar. Malamente quizás, comprendí que ese horrible lugar del cementerio era donde terminaba todo, y que el simple horror de ser
descuartizado y de alguna manera profanado allí por el bisturí de los forenses, bastaba para justificar que los despojos mortales de cualquiera fueran honrados con la pompa perpetua de los mausoleos. Aun así, cierto sentimiento de precoz morbosidad me obligó a seguir contemplando, no muy lejos de cierto malestar tanto orgánico como metafísico, los espesos charcos de sangre seca que también se extendían por el suelo: lo último que recuerdo de ese día es la imagen de uno de los ancianos, caminando en puntas de pie para no mancharse los zapatos, mientras buscaba poder colocar unos claveles blancos sobre el ensangrentado mesón de las necropsias.

Un par de días después, no pude saber si había vivido realmente ese episodio, o si tan solo había soñado con él en algún lugar de mi primera infancia; a partir de esa anécdota, comencé a recordar muy a menudo cierto sueño de Chuang Tzu: una mañana este filósofo se despertó sin
saber si era Chuang Tzu que había soñado con ser una mariposa, o si era una mariposa que estaba soñando con ser Chuang Tzu. De la misma manera, muchas veces me despertaba durante las noches sin saber si había soñado con los muertos del cementerio, o si eran los muertos del cementerio quienes estaban soñando conmigo desde algún confín de su aparente descanso eterno.

Décadas después de haber vivido este suceso, mi conclusión continúa siendo la misma: tanta felicidad vivida por mí en los parvularios del jardín infantil, en los potreros del municipio o en los parques donde solía jugar con mis amigos, desde luego no podía haber quedado impune, y que, por lo tanto, me estaba siendo cobrada ya desde cuando descubrí en mis primeros años los horrores que siempre ha implicado el hecho trivial, aunque no poco traumático, de tener que enfrentarnos día a día con el ineludible fantasma de la Muerte, mientras avanzamos por la vida como quien sueña avanzar por las confusas galerías de un laberinto en todo similar al
camposanto donde, alguna vez en el futuro, todos habremos de ser olvidados en medio de la solitaria eternidad de nuestras propias tumbas.

Nicolás Urueta Escobar.

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