Carta de junio

felip

Durante las temporadas vacacionales mi sobrina pasa una semana en casa de su tío solitario. Trae un peluche con los ojos descocidos, ciego, tan sucio ya que su color es impurificable, y una provisión de pancakes en abstracto para el desayuno. Prefiere no bañarse el primer día y ver la televisión con cara de aburrimiento, entrompando los labios. Yo decido no asearme también ese día pero sí lavar los platos sucios, que ella seca. Se detiene luego ante la biblioteca y contempla los libros del anaquel más alto desde la altura de sus ocho años; pregunta, señalando, por los títulos y los temas. Ha bautizado al gato “Grisito”. Cuando le pregunté lo que significaba eso, abrió unos ojos muy grandes para contestar que quería decir, en la lengua olvidada (uterina) de los no nacidos, “de la nada”. Asentí con un gesto mientras le hacía una trenza.

Para entretenernos, saco una máquina de escribir del closet y hojas y rollos de cinta entintada, y al tacleteo desigual de las letras, yo acostado y ella esforzándose en utilizar todos los dedos, vamos escribiendo la historia personal de cada uno de los objetos de la casa: mis zapatos, un cofrecito lleno de virutas de lápiz, un bombillo, una bufanda, arañitas acuarteladas en el quicio de la pared en chozas de seda… El archivo acumulado es ya considerable. Además, es una niña extrañamente atenta cuando leemos de a novela por capítulo, suspira, hace preguntas como “¿Los liliputienses trabajan en el circo?, ¿Gulliver era un marinero o un astronauta?” Y después me enseña sus pasos de ballet o persigue al gato por toda la casa y entre los dos rompen alguna cosa o vamos a caminar mientras comemos un helado. A veces, de improviso, me parece un alma remota en un corazón joven. Ella me parece a veces así porque hay momentos en los que, para ser tan niña, al escuchar una palabra difícil, o una frase especialmente melódica, sus ojos negros se ahondan en un pozo de reconocimiento, y durante ese breve momento dejan de ser suyos esos ojos para abrirse en una mirada antigua, aguda e interrogante. Luego cambia diciendo que quiere ser la piloto de un dirigible de color naranja, la capitana Gabriela Estertor, le digo, ya que los motores de los dirigibles sólo funcionan con los ruidos gráficos que salen de la garganta de los capitanes, dice, o algo así dice, y hace un sonido gorgoteante mientras se sirve un vaso de leche.

Llamamos a su madre, dijo que sí, que no había problema, entonces fuimos donde la abuela, mi mamá. Por los alrededores, en un lugar antes habitado por un enorme baldío, había un circo con fieras. Pasamos dos o tres veces por la valla que nos separaba de las jaulas estrechas, sin decidirnos a entrar. Ella se conmovió al ver los animales enjaulados y en especial por un tigre tristón, que se veía aburrido y cansado.

Esa noche estaba yo a oscuras en un cuarto del primer piso, solo, con la mirada fija en algún punto ignorado por la negrura del universo.

Gabriela entró sigilosa, de puntitas, susurrando un “tío” con el final prolongado. Me saltó encima después que le hube contestado y dijo que debíamos ir donde el tigre, para que no se sintiera solo. Era la una de la madrugada. Pensé un momento, luego me vestí y le puse a ella un saco. Cogimos un libro de la biblioteca de mamá y dos asientos plegables, plásticos, que encontramos en la cocina.

La jaula del tigre quedaba junto a la valla, y por fortuna lo encontramos despierto. Abrimos los asientos sobre el andén. No se veía un alma por la carretera. La valla estaba constituida por rejas cuadradas con suficiente espacio para meter la cabeza, así que podíamos ver los remolques al fondo y el resto de los animales. Contigua a la jaula del tigre había una piscina desarmable con una foca.

Mientras leía un cuento donde un león se comía muchos hombres, Gabriela permanecía con las manos juntas y los pies colgando del asiento, balanceándolos adelante y atrás, uno después del otro. Un elefante y otras siluetas repararon en nosotros al oír mi voz, pero el tigre parecía aburrirse bastante con la lectura, abría una bocaza para bostezar y luego nos miraba alternativamente, con curiosidad perezosa.

Gabriela estaba trepándose a la valla cuando apareció la policía. Tuve que decir que yo era un saltimbanqui y ella la contorsionista estelar, lo cual demostró confusamente empinándose en pose de bailarina, que al tigre le gustaba la literatura y era ilustrado, y que esa noche, por lo demás, nos tocaba leer a nosotros, porque consentíamos mucho a nuestros animales, asunto que repartíamos entre los payasos y el domador. Después de preguntar qué leíamos, y si acaso teníamos bonos de cortesía para la siguiente función, los policías, barrigones, subieron a la moto y se alejaron, pesadamente. Los pájaros cantaban sus trinos acerados, invisibles en el crepúsculo. Estuvimos de regreso a la 4.

Ahora ella está de nuevo con sus padres, y yo volví esta mañana a recordar la expresión que toman sus ojos al escuchar ciertas combinaciones de palabras leídas en voz alta, como si las conociera desde siempre. Una frase de Balzac citada por un acreditado poeta adolescente: “La providencia es causa de que, algunas veces, el mismo hombre reaparezca en siglos diferentes.” De ser así, se me ocurre que aquella alma renacida no podría recordar precisiones de su pasado, porque sería igual; conserva apenas un puñado de intuiciones resueltas entre todo lo nuevo, una disposición adulta frente a circunstancias determinadas, una fuerza inconsciente, acumulada. Me gusta creer que la intuición en una memoria incompleta de recuerdos difusos, porque así puedo justificar mi amor por ti como un esoterismo milenario.♦

Felipe Cáceres Cerón

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