¿Por qué ser feminista?

Respuesta a José Briceño.

Fuente:
http://www.telam.com.ar/notas/201502/95677-mujeres-albaniles-aseguran-que-la-necesidad-y-el-machismo-las-empujaron-a-armar-un-sindicato-propio.php

Este artículo fue un grato ejercicio pensando en tu último artículo como una carta. Tenía muchas expectativas frente a ella, ya que me daba la oportunidad de encarar algunos de los múltiples aspectos de que trata el feminismo, además de dejarme ver cuál es el nivel de prevención hacia el tema, no solo de tu parte sino en la sociedad.

En otras conversaciones hablábamos que este tema interfería en muchos aspectos de la cotidianidad y tocarlos separadamente podía llevar a una interminable discusión, así que abordaré esta respuesta desde la empatía y un poco desde la historia, desde el romper paradigmas para aclarar que la percepción que se tenga de un tema es diferente al contenido del mismo.

Exponías que admiras y promueves que las mujeres sean seres pensantes, que este sea su mayor atributo, o al menos el que más te interesa. Dices, palabras más o menos que el haber conquistado derechos fundamentales como los de cualquier ciudadano hace que la lucha feminista se caiga de su peso. Yo no hablaré de derechos sino más bien de conquistas, así que inicio con historia.

Durante muchos siglos la mujer era vista como esa especie de comodín con el cual un hombre podía armarse y conseguir sus objetivos personales y de grupo, se la veía como moneda de cambio, como proporcionadora de brazos para el trabajo y la guerra, y por tanto, como valioso factor de progreso y posesión de un individuo. Es decir, un hombre adulto de la antigüedad se lo consideraba próspero si poseía tierras, personas (entre ellas hijos y/o esclavos) y mujeres. Para un hombre de entonces, tener una mujer podía significar el único y más elemental bien a poseer. El equipamiento elemental para adquirir riqueza.

De ahí que el subconsciente masculino al pensar o referirse a nosotras lo hace desde la mentalidad de la propiedad. De la posesión. Esto hace que por más derechos que las mujeres hayamos conquistado se nos trate, se nos piense como ese bien propiedad del hombre. También hace que se nos despersonalice, es decir, que se nos exija vivir en condiciones de aceptación de esa posesión aunque por ello se nos desconozca como seres humanos o se nos violente. Por eso para tantos hombres es inaceptable que nos hartemos de ellos o nos enamoremos de otros. Aunque esta sea una circunstancia que hombres o mujeres podemos experimentar en cualquier momento, mientras a un hombre se lo comprende, se lo justifica o aplaude (En esa concepción anacrónica y patriarcal, que entre más mujeres posee se reafirma como un hombre exitoso, como “el macho”), a la mujer la sociedad la juzga. Se la señala por atreverse a admitirse como persona y no mantener ese statu quo en que la han encasillado socialmente. Para ser más claros, ha sido censurado en muchas sociedades que una mujer se resista a asumir sus roles como madre o esposa, aunque ella no se sienta preparada para ello. Ojo, con esto no digo que las mujeres deban ser desnaturalizadas y no atender sus responsabilidades; lo que resalto aquí es el hecho de que se espere que la mujer asuma una vida para la que puede no estar preparada, que incluso no quiera, que coarta su anhelo de tener sueños propios y sobre todo, que fue impuesta por otros, condición constante en las mujeres en la que muchos, menos ella, toma decisiones a su nombre.

Si se piensa en las mujeres, no se hace desde la admiración de sus acciones o sus pensamientos, sino de lo que se quiere o se espera de ellas; se las quiere disponibles y puras. Obedientes, que te digan sí a todo pero recatadas. La sociedad aún ahora, con todos sus avances, derechos y reconocimientos no deja de pensar en la mujer de manera contradictoria, pero además, muy alejada de su realidad como ser humano.

Hemos conquistado derechos; al trabajo, a la educación, a la justicia. Deberíamos creer que hombres y mujeres somos iguales y podemos vivir tranquilas en una sociedad en la que se puede hacer lo que se quiera si no hacemos daño al otro, pero esa no es la realidad. Sobre nosotras hay un foco de censura señalándonos cuando “hacemos algo que no está bien”. En nosotras no está bien emborracharnos, no está bien vestirnos como queramos, no se nos ve bien desahogarnos con malas palabras y en algunas circunstancias tomar la iniciativa de ciertos actos. Se nos censura no ser candorosas, delicadas. Se nos censuran las imperfecciones en la personalidad y en el cuerpo (aunque en general la sociedad desapruebe las imperfecciones en el cuerpo que sea y busque el más mínimo acto para criticar al otro). Así que no, tener iguales derechos no significa que podamos ser y sentirnos iguales ni vivir con la tranquilidad de un ciudadano libre.

Este enfoque con el que se nos ve ha estructurado el pensamiento de los hombres y la organización de la sociedad. Ejm, digo, del pensamiento humano. Hablemos de la sociedad occidental. Esta se organizó bajo un proyecto religioso con un marcado liderazgo masculino y una estructura familiar inamovible: papá, mamá e hijos. En esta estructura un espacio para dar voz a la mujer, además de no ser práctico podía ser desestabilizante, así que se volvió costumbre suprimirlo. Y al igual que con la concepción de la mujer como propiedad, esta idea pasó al subconsciente colectivo perpetuándose.

¿Por qué hablo de no tener voz? Porque al suprimirla no solo perdemos la posibilidad del reconocimiento en nuestro entorno, de ser parte de él e influir en nuestra realidad, sino que perdemos la posibilidad de valernos y defendernos por nuestra cuenta; afirmándonos como objetos a merced de las disposiciones de terceros. Para ello debe ejercerse sobre nosotras una invisibilización de nuestras acciones y pensamientos y, por supuesto, lo que se ignora, lo que no se nombra, no existe. No se reconoce. Es por esto que muchas de nuestras creaciones tuvieron que pasar a nombre de nuestras parejas para darse a conocer al mundo, y no es novedoso que ahora las mujeres sí sobresalgan. Antes lo hacían a costa de otorgar el crédito a quien no lo tenía.

Así la sociedad por siglos se acostumbró a “no prestarle atención a las viejas, que igual joden por todo”, así sean justas nuestras reclamaciones. De este modo se nos ha restado credibilidad y autonomía. Este hecho permea las instituciones creadas por la sociedad y la manera que estas operan. Las instituciones se encargan de garantizar el funcionamiento y equidad de la sociedad pero están conformadas por personas que reproducen cada una el modelo social antes mencionado y la mentalidad subconsciente hacia lo femenino.

Citemos, intencionalmente, a las entidades judiciales. Supongamos que te acercas a un juez porque temes por tu vida, recibes amenazas constantes y sabes que te siguen. Decides poner una denuncia por acoso y amenazas de muerte y el juez no solo no te escucha como es debido, sino que te culpabiliza porque estás provocando a tu victimario, te invita a conciliar con tu agresor, a vivir con él y te dice que no pasa nada. Incluso podría atreverse a coquetearte y a decirte que trate ese asunto en otro lugar más privado. Esto que menciono es la realidad en buena parte de los casos en que solicitamos se haga justicia. ¿Conclusión?, no podemos tener acceso real a la justicia. La mentalidad de la sociedad lo impide. En este orden de ideas, se nos quema, se nos viola, se nos empala, se nos maltrata y no existe la posibilidad de defender lo justo. Nuestra verdad, nuestra realidad es que somos consideradas o tratadas como ciudadanas de 2da. Categoría.

Como ves Jose, ser consciente de una realidad adversa, me empuja por lo menos a ponerla en evidencia. A denunciarla. Me afecta a mí y a mis congéneres y lo peor, no es una lucha contra alguien, sino contra una ideología, un modo de ser que se ha venido teniendo por siglos. Si analizo esta realidad creo que no será diferente hasta que cambiemos de modo de pensar hombres y mujeres; porque sostener un pensamiento, cualquiera que este sea, que perpetúa un comportamiento de corte machista implica, primero, engañarse a sí mismo como ser humano, pues la verdad es que todos queremos y debemos sentirnos libres e iguales. Y segundo, imponerse violentamente sobre otros. Por eso a veces podemos ser tan radicales con los chistes machistas, porque con ello en el fondo prolongamos la aceptación de una idea que propende ignorar al otro y eso es violento.

De hecho creo que aquí está la raíz del machismo. Esa malsana necesidad de imponerse sobre otro. De incrementar un ego que nos hace creer en una falsa superioridad y que perpetúa comportamientos que solo consiguen ejercer y mantener injusticia y violencia, porque el típico novio celoso que vive convencido que su novia es suya y no puede ser de otro sólo ejercerá actos injustos y violentos (Contra su víctima, claro está). Cambiar esto implica aceptar nuestra igualdad y estar dispuesto a desmontar nuestros privilegios de género. Y no es fácil. Es una lucha de David contra un Goliat que mide 50 veces más que nosotras. Pero estoy convencida que es una lucha que vale toda la pena del mundo, aunque nuestras victorias se den poco a poco.

Uno de los elementos que más puede ayudarnos en esta lucha es la empatía, porque como todo prejuicio solo puede cambiarse si somos capaces de ponernos en los zapatos del otro, atreviéndonos a entender su punto de vista, su vivencia, su realidad para así ser tolerantes y evitar la violencia que tanto nos afecta. ¿Recuerdas, por ejemplo, ese meme que comenté donde había una persona trans que tenía un cartel pidiendo que el aborto no se restringiera a las mujeres y te hablaba de lo que podía ser la realidad de esa persona? Recuerdo tu respuesta porque en ella hablabas de lo que pensabas de esta persona, cuestionabas su coherencia, pero me quedé esperando tu respuesta sobre lo que harías en la situación de él. Aunque lo comprendo. Lo que comentaba allí era algo dramático y difícil, una situación que nadie estaría preparado para afrontar.

Y aquí abordo el tema de la coherencia de nuestra lucha. Nosotras (Aclaro, al hablar de nosotras no solo me refiero a las personas que nacieron con una vulva y una vagina sino a todas aquellas cuya identidad es la de una mujer), para exponer esa necesidad de que se nos piense y reconozca como iguales nos hemos valido de muchos métodos dependiendo de la creatividad y el carácter de cada persona. Algunos de estos poco ortodoxos, como protestar desnudas, hecho que incomoda porque esa desnudez no es accesible sino contestataria, asumir conductas “varoniles” u ofensivas, despreocuparnos por nuestro aspecto personal como un modo de rebeldía a lo que socialmente se espera que sea nuestro aspecto, aunque esto a veces raye con la estética y la higiene; exigir que seamos nosotras y no el Estado o la iglesia o en la mayoría de los casos, los hombres, quienes decidan lo que pasa o no pasa en nuestro cuerpo, sé que todo esto es un poco difícil de aceptar y entender.

Sin embargo no queremos desbaratar la sociedad o permitir que se corrompa la juventud, o actuar desmoralizante o aberrantemente, para hacer perder el sentido de una comunidad sana y de buenas costumbres, sino decirnos la verdad. Hay muchas corrientes de feminismo, pero a la que yo le apunto habla de fortalecernos como género a través de la aceptación de nuestra realidad. De aceptar la vida como es sin taras mentales que nos hagan creer lo que no somos, tenemos, pensamos o hacemos. Para poner un ejemplo, entender que haya una mujer nueva y con poca experiencia en un equipo de trabajo donde muchos son hombres y con experiencia no le quita astucia, ni habilidades de operación o comunicación. Y que se crea que verla desorientada, receptiva y dispuesta a hacer un buen equipo de trabajo no es equivalente a ser “la presa fácil de caza de un grupo de viejos zorros”. Ojalá y se la reconozca como el miembro más de un equipo con muchas aportaciones que dar porque eso significaría que a las mujeres se las respeta y se las ve como personas.

Por otra parte, quiero promover la idea de dejar de pensar el comportamiento social como un dictamen de normas que no siempre encajan en la realidad de todos, sino más bien entender este comportamiento desde nuestra intencionalidad, es decir, que interpretemos las palabras y acciones del otro desde lo que pretenden, de ese modo conoceremos el mundo de una manera más acertada.

Quería también abordar lo referente al mercado de la carne como ejemplo de esta intencionalidad, una persona puede acordar con otra mantener relaciones sexuales a cambio de dinero pero aunque haya una concertación financiera de por medio, sí creo que es difícil que alguien tenga la intensión de que su cuerpo, que es el elemento primario de su privacidad y su intimidad, sea de acceso público. Que se permita a sí mismo que a cambio de dinero pierda la autonomía sobre sí misma. Y la verdad creo discutible que haya una intensión del oferente de perder su autorrespeto por dinero. Esto en sí mismo ya habla de una contradicción y nos lleva a tolerar un mercado siniestro que nos genera una idea de la sexualidad destructiva y errada. Y he aquí el problema con la pornografía, el mensaje que manda al subconsciente masculino, que muestra una sexualidad irreal donde supuestamente estamos dispuestas, donde no necesitamos previos para un coito y donde “nos gusta” todo lo que nos hacen.

Lo que habla de quiénes somos es nuestra reacción a las circunstancias cotidianas que enfrentamos y esta reacción es la manifestación de lo que pensamos. En esta sociedad en la que tiene más aceptación difundir la rabia, la indignación, el juzgar a otros; es desafiante promover que pensemos lo contrario: la tolerancia, la aceptación; la nuestra y la de otros, la comprensión y la compasión, porque difundirlas y pensar diferente es lo que nos llevará a construir realidades más humanas, a crear esa sociedad en la que de verdad queremos vivir.

Paola Rubiano. 2020.

empoderamientomujer7@gmail.com

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