Democracia carcelaria

El de las cárceles ha sido un tema arduamente discutido por muchos años y esto no es en vano. Las cárceles son, paradójicamente, la reliquia de un mundo medieval y una de las instituciones que más se ha renovado en la actualidad. Hasta hace unos siglos era normal torturar gente a cambio de información aunque muchas fueran personas inocentes. Las cárceles también fueron uno de los primeros lugares donde se aceptó un trato diferencial para personas con trastornos mentales. Aunque esta sea una institución altamente cuestionada por varios sectores, en especial en el contexto colombiano, el sistema penitenciario actual es mil veces mejor al que había hace 100 años y este, a su vez, mucho mejor que el de 100 años atrás.

Tomando esto en cuenta es, en verdad, irreal pensar en cambios estructurales a las cárceles en Colombia y el mundo. Las cárceles hoy en día son completamente anacrónicas; prácticas como la de confinamiento solitario, son decisiones puntuales que se hacen con el objetivo explícito de crear un daño emocional y psicológico. Con la información científica que hoy en día tenemos es completamente indefendible esta práctica.



En el contexto de la pandemia las cárceles se prestaron para usar el virus como un arma biológica contra los pandilleros presos en el Salvador por órdenes de su Presidente Nayib Bukkele; aunque está acción haya sido masivamente criticada por organizaciones de DDHH y la prensa internacional, es evidente que la facilidad con la que se ejerce un abuso de poder de estas magnitudes no es más que una señal clara de las carencias del sistema penitenciario.

En entornos democráticos, se puede ver el capital democrático o capital de poder que tienen un grupo de personas por medio de la cantidad de votos que sean capaces de proveer. Esto les da cierta protección, ya que ningún gobernantes atenta abiertamente contra los derechos de los que dice representar. Sin embargo, en una cárcel puedes tener cientos o miles de personas sin representación política; y depende del país, gente privada de la libertad puede no volver a tener el derecho a votar. Esto genera un grupo de personas sin capital democrático para defender sus derechos básicos y humanos. No hay ningún incentivo real de los gobernantes para respetar los derechos humanos de la población privada de la libertad y en cambio se ven fuerzas grandes defendiendo un empeoramiento de la calidad de vida. Esto hace posible que haya corrupción sin transparencia, el control político es en muchos casos una perdida mayor de votos de los que provee y con pocas voces alzadas es más fácil silenciar con balas.

De esto surge la pregunta, ¿Cómo se cambia el sistema?, para empezar hay que volver a la esencia de las prisiones modernas. La rehabilitación ha sido casi completamente ignorada, hay que crear nueva legislación que proteja a aquellos privados de la libertad. Continuar la obra del Estado de cosas inconstitucionales y aprovechar nuestro derecho al voto para presionar a los funcionarios electos para llevar estas reformas a los centros de poder. Defender la humanidad de los presos en todos los espacios de opinión también es importante, si deshumanizas a alguien es más fácil quitarle derechos, y tristemente los presos son víctimas de nuestros imaginarios todos los días. El camino hacía la pedagogía en las cárceles es larga, dura y para muchos peligrosa, pero no es la primera vez que se hace, y el avance alcanzado hasta ahora no es sujeto de satisfacción pero si lo puede ser de motivación.

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